SEPULCRO
por Romina
Colaneri*

La mancha se extiende lentamente
sobre las baldosas del patio central. La lluvia golpea el suelo,
pero no hace nada para borrarla. Le duele ver su figura tan joven,
inmóvil entre la lluvia y los borrones de sangre. Permanece
impasible. En su propio seno contiene el germen de ese dolor
insoportable. Sin embargo no se mueve. Se levanta enorme,
inalcanzable, fija en su inmutabilidad de piedra. Los cimientos se
hunden añosos en el acantilado inestable, casi colgando hacia el
vacío del mar.
Había conocido épocas de mayor esplendor, pero nunca
más felices. Sus muros grises habían contenido oleadas de
bárbaros, defendiendo familias enteras. La habían decorado con las
telas más hermosas y las fiestas más ruidosas. Lluvias de flechas
disparadas desde sus almenas y otras tantas detenidas por los
muros espesos. Indiferente a sus ocupantes, se había acostumbrado
a la compañía del mar. El ruido sordo abajo y las olas que se
veían diminutas ocupaban sus días. En la noche, mientras todos
descansaban, sus ojos de vitraux vigilaban la paz. Podría contar
centenares de ocupantes hasta que ellos llegaron. Pasaban sin
dejar una marca, salvo por las pequeñas señales de la guerra y el
paso del tiempo.
Le pareció que era ya muy viejo cuando atravesó por
primera vez sus puertas. Lo acompañaban una docena de sirvientes,
población escasa para ocupar sus múltiples habitaciones. Sus muros
se curvaron en un abrazo al divisar a la niña de rizos rubios que
avanzaba detrás de su padre. Ella llenaba todas las habitaciones
vacías corriendo con sus juegos y saltitos.
El padre tenía ojos sólo para ella. Sin la compañía de
su mujer y abandonado en ese rincón del mundo, que ni siquiera
guerras presenciaba, se dedicaba a su hija por completo. Ella
creció enmarcada en un mutismo atávico, que emanaba de los muros,
de las raíces que crecían entre las rendijas. Las escasas plantas
que brotaban en el decrépito jardín eran las únicas depositarias
de su dulzura. Las paredes la cuidaban, la protegían,
acostumbradas al suave coqueteo de su pelo rubio y al crujido de
las faldas livianas.
Esta vez el enemigo no tenía forma de flecha, ni de
golpe sordo en las puertas, ni de espadas brillando en la
oscuridad. Había sorteado su franqueza de muralla impenetrable.
Fue hasta allí para buscarla sólo a ella, para quitarle lo más
preciado: esa gema rubia que crecía en la piedra desde hacía ya
dieciséis años. La había sorprendido de noche, mientras dormía; se
había colado en su cuarto sin que las torres lo notaran. Desde
entonces, pequeñas gotas de sangre amanecían cada mañana en la
almohada de ella, como un signo fatídico del desenlace inevitable.
Cuando las primeras escamas de lluvia golpearon las cúpulas al
alba, supo que se trataba del final. Espió dentro de las
habitaciones, buscándola. El sueño inquieto la convulsionaba entre
las sábanas revueltas. Se levantó como una sonámbula, buscando la
calma del patio, el camisón blanco teñido de rojo. Así la encontró
su padre, inerte sobre las baldosas frías, empapada de lluvia y
sangre. Por primera vez en muchos años, elevó sus ojos al
campanario. Cada piedra se estremeció ante la perfección de su
llanto. Las junturas cedieron; las paredes, sólidas y perfectas en
el paso de los años, se derrumbaron sin estruendo, acompañadas por
el sonido del mar que subía por el acantilado. La fortaleza entera
se abrazó sobre el padre y la hija, como la primera vez, para
darles definitiva sepultura.

*Narradora
argentina, vive en Buenos Aires. Este cuento pertenece a la antología gótica
CUENTOS DE OSCURAS MEMORIAS (Buenos Aires, Caligraphix Editores,
2002) y es el segundo que publicamos en Tierra Joven. En los
próximos meses presentaremos los de los otros escritores que
participan en la antología: Analía Cóccolo,
Ignacio Falcón,
Fabrizia
Iranzo Imperatori e
Inés Hayes.
Para COMPRAR este libro dirigirse a
adios@fibertel.com.ar
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